
Durante años, mi vida profesional tuvo un mismo hilo conductor: ayudar a que otros crecieran. Trabajé dedicada al desarrollo profesional dentro de corporaciones e instituciones, diseñando programas, acompañando talento, construyendo liderazgo… para las empresas de otros. Era un trabajo que amaba y en el que creía profundamente. Pensaba que ese sería mi camino para siempre.
Hasta que un día dejó de serlo. Perder mi trabajo no fue solo perder un ingreso. Fue perder una identidad que había construido con esfuerzo, disciplina y años de entrega. De la noche a la mañana, la mujer que sabía exactamente qué hacer cada lunes se encontró frente a una agenda vacía y una pregunta que no sabía responder: ¿y ahora qué?
Si alguna vez has sentido ese vacío —esa mezcla de miedo, duelo y ansiedad que llega cuando el suelo que pisabas deja de estar ahí— quiero que sepas algo: no estás sola, y ese vacío no es el final de la historia. Puede ser, como lo fue para mí, el comienzo de una nueva vida.
Cuando perderlo todo te obliga a mirar hacia adentro
Los primeros meses no fueron inspiradores ni heroicos. Fueron difíciles, pero en medio de esa incertidumbre, empecé a hacerme preguntas distintas a las que me había hecho en últimos años.
¿Qué es lo que realmente sé hacer? ¿Qué es lo que me hace sentir viva cuando lo hago? ¿A quién quiero ayudar y por qué?
Las respuestas no llegaron de golpe. Llegaron poco a poco, como se descubre casi todo lo importante: caminando, conversando, escribiendo, llorando también. Y ahí, entre esas preguntas, empecé a ver con claridad algo que había estado frente a mí todo este tiempo: Necesitaba crear algo propio y que podía ponerlo al servicio de una causa que me movía profundamente: el desarrollo personal, profesional y de liderazgo de mujeres.
De la idea a la primera decisión
Tener la idea fue apenas el primer paso. El verdadero desafío empezó después, cuando tuve que tomar la decisión de creer en ella lo suficiente como para actuar. Aprendí que una idea, por buena que sea, no se convierte en empresa sola. Necesita que alguien decida sostenerla incluso cuando todavía no hay certezas, incluso cuando el miedo dice “espera un poco más” o “busca algo más seguro”. Y también aprendí que ese “algo más seguro” muchas veces es una ilusión: la seguridad no estaba en el título de un puesto ajeno, sino en confiar en lo que yo era capaz de construir.
No hubo un gran lanzamiento ni una inversión enorme. Hubo una primera conversación, una primera mujer a la que ayudé a ver su propio valor con más claridad. Ese primer paso humilde fue el que le dio permiso a todos los que llegaron y están por venir.
Convertir la experiencia en propósito
Algo que descubrí en el camino es que nuestras experiencias más difíciles suelen guardar las semillas de nuestro propósito más auténtico. No fue casualidad que, después de dedicar mi carrera a fortalecer a otros, terminara creando una empresa que hace exactamente eso, pero ahora desde mi propia voz, mis propios valores y mi propia visión.
Hoy trabajo acompañando a mujeres que —como tú, como yo— tienen dentro una fuerza enorme que a veces necesita solo un espacio para reconocerse. Mujeres que lideran equipos, que están reinventando su carrera, que están, quizás en este mismo momento, atravesando su propia versión de ese “y ahora qué”.
Y si algo he aprendido es esto: el liderazgo no empieza cuando tienes todas las respuestas. Empieza cuando decides moverte a pesar de no tenerlas todas. He aprendido en el camino que:
1. La pérdida puede ser una nueva dirección. Lo que en su momento sentí como el fin de mi carrera fue, en realidad, el inicio de mi vocación más verdadera.
2. Tu experiencia es tu verdadero Yo. Todo lo que has vivido y aprendido —incluso lo que hiciste “para otros”— tiene valor propio y puede convertirse en la base de algo tuyo.
3. No necesitas tenerlo todo resuelto para empezar. La claridad no llega antes de actuar; llega actuando. Cada paso, por pequeño que sea, revela el siguiente.
4. Rodéate de otras mujeres que estén construyendo como Tu. El camino de emprender es exigente, y se recorre mejor en comunidad que en soledad. Encontrar espacios, como esta misma asociación, donde otras mujeres comparten sus procesos, sus miedos y sus logros, marca la diferencia entre rendirse y seguir.
5. Liderar empieza por ti misma. Antes de poder acompañar el crecimiento de otras, tuve que atreverme a liderar mi propia vida. Ese es, quizás, el liderazgo más difícil e importante de todos.
De la idea a la empresa: un camino, no abrir y cerrar de ojos
No existe una fórmula mágica para pasar de la idea a la empresa. Existe, sí, la disposición a caminar sin miedos, a confiar en lo que sabes hacer, y a permitirte construir algo nuevo a partir de lo que eres. Mi historia no comenzó con un plan de negocios perfecto. Comenzó con una mentora que me ayudo a encontrarme, y ver mis años de experiencia en una empresa propia dedicada a algo que me importa profundamente: que más mujeres descubran su poder personal, profesional y de liderazgo.
Si hoy estás en ese punto de incertidumbre, quiero decirte: De la idea a la empresa existe un camino. Y ese camino, como el mío, puede empezar hoy, con un primer paso que decidas dar por ti misma.
Dr. Brenda González
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