
Ninguno de nosotros nace con un micrófono bajo el brazo. Hablar en público es una de esas habilidades que se desarrolla —no sin antes enfrentar cierta dosis de sudor, dudas y taquicardias—. Por eso, cuando alguien me dice: “tengo miedo escénico”, mi respuesta es: “¡Qué bueno! Significa que estás vivo… y que esto te importa”.
El miedo escénico no es el enemigo, el problema es la forma en la que lo interpretamos. Para muchas personas, ese cosquilleo en el estómago y esa voz interna que susurra “¿y si me sale mal?” se convierten en razones para quedarse calladas. Pero ¿y si aprendemos a ver ese miedo como un aliado?
Del miedo a la acción: reencuadrando la emoción
Las señales físicas más comunes del miedo escénico suelen ser: palpitaciones, respiración acelerada, tensión muscular; son prácticamente idénticas a las del entusiasmo. La diferencia está en cómo lo interpretamos. Si creemos que ese nerviosismo es una señal de incapacidad, nos bloqueamos. Pero si lo vemos como una señal de preparación y compromiso, lo transformamos.
El miedo no viene a sabotearnos, viene a prepararnos. Nos recuerda que lo que vamos a decir importa, que hay algo en juego. Es, en el fondo, una forma de respeto por la audiencia, por el mensaje y por nosotros mismos.
Estrategias para convertir el miedo escénico en energía
A continuación, comparto algunas herramientas que he probado conmigo misma y con decenas de profesionales a los que he acompañado en su camino como voceros, líderes o facilitadores:
1. Respira como quien lidera
Antes de hablar, respira profundo. Inhala por la nariz, exhala por la boca, y repite varias veces. Este acto sencillo reduce la respuesta de lucha o huida del sistema nervioso, devolviéndote el control del cuerpo.
2. Prepara tu mensaje, no tu guión
Memorizar palabra por palabra puede aumentar la ansiedad. En lugar de eso, trabaja con ideas clave. Domina tu estructura, tus ejemplos, tus transiciones. Así, reduces la presión de “no equivocarte” y te enfocas en conectar.
.3. Visualiza con intención
No te imagines fallando. Visualiza la versión de ti que habla con confianza. Cierra los ojos y ensaya mentalmente la escena: estás de pie, conectando con tu audiencia, recibiendo su atención. El cerebro no distingue entre lo vivido y lo imaginado con detalle.
4. Mueve el cuerpo, activa la mente
Caminar, sacudir las manos, estirarte… todo eso ayuda a canalizar la energía acumulada. No tienes que estar rígido como estatua; moverte con propósito también es una forma de comunicar.
5. Acepta el miedo sin pelear con él
Decir “no quiero sentir miedo” solo lo amplifica. En cambio, puedes decir: “Estoy nervioso, y eso está bien. Es parte del proceso”. Cambia el discurso interno: el miedo no es una señal de que lo harás mal, sino de que estás saliendo de tu zona cómoda.
Lo que he aprendido como entrenadora de oratoria
He visto profesionales temblar antes de una presentación y luego recibir ovaciones. He visto voces quebrarse al inicio y terminar firmes y emocionadas. Y en todos los casos, hay un punto en común: la valentía no es la ausencia de miedo, es la decisión de hablar a pesar de él.
No se trata de eliminar el miedo escénico, sino de integrarlo, escucharlo y usarlo a tu favor. Porque el miedo bien canalizado te mantiene alerta, te enfoca, te humaniza.
Y tú, qué eliges: ¿quedarte callado por miedo o hablar a pesar de él ? Yo elijo siempre lo segundo… y te invito a lo propio.