
Hace algunos años, en plena pandemia, tuve la fortuna de trabajar a la distancia en un proyecto con mujeres. Mujeres latinas que, por distintas razones, habían llegado a Estados Unidos buscando una mejor oportunidad de vida para ellas y sus familias.
Mujeres que dejaron atrás su cultura, su familia, sus raíces… y avanzaron sin mirar atrás.
En ese proceso descubrí algo profundamente transformador: el poder inmenso que tenemos las mujeres, un poder que muchas veces no reconocemos y que, en ocasiones, ni siquiera sabemos que existe.
Como nos pasa a muchas, hubo momentos en los que me cuestioné todo lo que hacía. Me enfoqué en lo que sentía que hacía mal, porque si hay algo en lo que somos expertas es en ser duras con nosotras mismas. Hasta que alguien me dijo algo que se quedó conmigo para siempre:
“Date una palmada en la espalda, lo estás haciendo bien.”
Y tenía razón.
Durante ese tiempo —que no fue corto— fui conociendo historias que reafirmaron por qué trabajar con mujeres es un privilegio. Sin darnos cuenta, empezamos a construir una comunidad. Un espacio de trabajo que también se convirtió en un lugar de confianza, apoyo y conexión real.
En cada conversación, en cada reunión, aparecían historias poderosas. Historias compartidas en un entorno seguro, donde muchas se animaban a abrir su corazón frente a personas que no conocían, pero que les ofrecían algo invaluable: escucha y respeto.
Una de las actividades se llamaba “Cuenta tu historia”. La idea era simple y profunda: que cada mujer compartiera una experiencia personal y cómo esa historia podía convertirse en una herramienta para su misión, incluso para algo tan concreto como vender. Lo que sucedía era mágico. Cada mujer que se atrevía a contar su verdad parecía quitarse un peso de encima y, al mismo tiempo, encontrar una fuerza que llevaba años guardada.
Una historia en particular se quedó grabada en mí.
Era la de una mujer joven mexicana que contó que trabajaba desde los siete años en el campo y que, desde muy pequeña, había sufrido abusos dentro de su propia familia. Creció, tuvo dos hijos y tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: cruzar la frontera cargando a sus niños pequeños en los hombros. Después de una travesía dura y llena de incertidumbre, lo logró.
Ya en Estados Unidos, con una convicción inquebrantable, decidió salir adelante por su familia. Por eso la conocí, dentro del negocio que yo lideraba.
Ella nunca prendía la cámara en las reuniones. Un día, después de escuchar su historia, le pregunté por qué. Su respuesta fue sencilla:
“Me da miedo.”
Me quedé en silencio.
Pensé en todo lo que había enfrentado. En el miedo real, profundo, vital que tuvo que sentir al cruzar una frontera con sus hijos en brazos. Y aun así, ahí estaba, dudando de algo tan sencillo como mostrarse en una cámara.
Fue en ese momento cuando entendí algo esencial:
Somos valientes, fuertes, poderosas, audaces e imparables… pero muchas veces no nos lo creemos.
Hoy quiero decirte esto a ti, mujer que estás leyendo:
Abraza a la mujer fuerte que eres. Reconoce tu historia, tu camino y todo lo que has superado. Date una palmada en la espalda sin esperar validación externa.
Lo estás haciendo bien. Incluso en los días en los que dudas.
Hoy abrazo a todas las mujeres poderosas que hoy necesitan escuchar estas palabras:
¡Qué bien lo estás haciendo!